Friday, August 9, 2013

Te Espero

Se quedaba viendo al lado opuesto de su silla, cómo sin respuestas al vacío, a la desesperada melancolía de
lo que no estaba ahí.
Era su razón, no la dejaba pensar más que en ello.
Aquellos ojos penetrantes, tan oscuros cómo la noche, marcaban caminos sin recorrer. ¿Acaso eran tan oscuros que eran capaces de guardar secretos infinitos?
Serían aquellos ojos que quizás jamás vería. Esas manos que la dejaban frías por su ausencia.
¿Quién eres? , se preguntaba.
Se tocaba la punta de los dedos con ellos mismos, y dudaba de su cuerpo, de su piel. Era otra cosa pensante, o un cuerpo caminante, falto de recuerdos y sueños cumplidos.
A veces la duda era más profunda: creo ser invisible a mi propio corazón.

Era un hombre misterioso, sus pasos sin huellas, sin el intento de ser encontrado. Sus años y experiencias lo habían dejado un tanto vulnerable a las cosas inevitables e irónicas de la vida. Con su puño y letra dejaba marcado su sentir, lo que alguna vez fue.
¿Quién soy?, ¿acaso soy?, se preguntaba.
Pensaba amar como nadie, pero lo escondía en lo más profundo de su ser, lo sabía tan solo un papel, tal insignificante papel.

Ella sentía cerrarse al mundo. Nadie parecía llenar esa silla. La incertidumbre la ensordecía vilmente.
No quiero saberte, pensaba, o esperarte más.
Sin embargo, se sentaba sobre la madera vieja como si fuese hogar, no se sentía cómoda en ninguna otra parte que no fuese el ocaso de lo improbable, lo que más añoraba. Empezaba a sentirse pequeñita.

No hay nada que me mueva, se decía el hombre a sí mismo, bajo el atardecer reflejado sobre las hojas de los árboles. Repetiré tu nombre y me dejaré morir con el, las horas y los vientos de otoño, cómo de esos otoños que he querido dar por olvidados, de esos en los que te escuchaba decirme que me amabas, murmuraba.

Sunday, July 28, 2013

Horas

Ése reloj tan incesante.

Se estrujaba la falda. Su cuerpo tan impaciente cómo nubes grises queriendo llover sobre mojado.

Eran sólo las cuatro de la tarde, y el café aún humeaba sobre la mesa de madera.

Tus sombras me persiguen, y aún con ellas deseo hacerte el amor.

Con el paso de segundos se iba dando cuenta que aún con el alma perdida, seguía amando, -- o por lo menos era asi como podria llamarle, al fin y al cabo, quien era ella para saber si tal sentimiento era llamado de aquella manera -- mientras seguía estrujándose la ropa con una mano, y con la otra, un papel violado con pistas, lágrimas, y poco de sarcasmo.

Miró la taza de café, al otro costado de la mesa, el humo parecía morirse lentamente con danzas extrañas y un poco monótonas.
Lo vió levantar la taza con una sonrisa, procedió a tomar de ella, pero luego de ponerla en la mesa, él ya no estaba ahí.

¿Donde te has ido?, pensaba.

Se levantó de la silla, que ya sonaba cómo si pidiese su pensión desde hace épocas que aparentaban eternas. Todo en su casa asemejaba pedir auxilio. Parecían ser parte del vacío tan profundo que no la dejaba dormir.

Cerró las cortinas por si volvía el dolor, no quería que viera que se encontraba en casa, no quería encontrarse con aquello nuevamente. Tocaba su puerta todo el día y no sabía cómo, pero había encontrado la manera de entrar a escondidas en los últimos días, le gritaba que lo dejase pasar, "somos el uno para el otro" le decía.

Observaba el papel en su mano, esperando a que le diera sus respuestas. Estaba lleno de tinta olvidada, y pegado a éste, un rostro con significados graves y una extranjera sensación de poder oler nostalgia. Los rastros de sus expresiones faciales se habían esfumado junto a los deseos de quedarse impregnado en un papel, impregnado con propósitos melancólicos.

Ella observó el reloj una vez más. Apenas las cuatro y cinco. Hacía hace tanto tiempo ya que había establecido una relación estrecha con aquel, que conocía cada detalle de éste. Era un reloj viejo, definitivamente cansado, con lo que ella se aseguraba a si misma que su lucha debía deberse a su necesidad de estar allí, de no dejarla sola entre sus conflictos. Era redondo, con el borde desgastado, agrietado de la parte inferior, cerca del seis, en realidad, con la abertura exactamente a las seis y media. Que ironía la tuya, pensaba, ésta era definitivamente la hora en que él se tomaba su café. Ella declaraba que éste tenía muchas historias que contar, después de todo venía de lejos, creado por manos foráneas.

Los minutos corrían, el sol se escondía como apresurado a iluminar diferentes penas, cerciorándose de hacerle saber que su tiempo se había acabado, que la dejaba finalmente escondida de su propio luzbel, alguna vez tan hermoso, y ahora tan maligno.

El color de las paredes iba cambiando, se tornaban mustias, poco acogedoras.
Las calles se iban desvaneciendo, tanto como su gente. El asfalto se confundía entre la noche, y las huellas llenas de angustias y alegrías que habría dejado la multitud.
El café estaba ya frío. Y las horas pasaban, y pasaban.

Thursday, February 14, 2013

Lo que pienso de tu cuerpo.

Oh! Tu piel, tan sutil, tan exquisita.
Tu sudor se convierte en mi esencia,
mientras siento tu aliento contra mi cuello,
y tus besos enardecen mis entranas.

Tus palabras se vuelven mis confidentes,
tu cuerpo se enreda entre mis piernas,
tus caricias se enternecen sobre mi pecho,
mis dedos se pierden entre tu cabello.

Tu lengua se envuelve entre pasiones,
y me saborea el cuerpo como manjar,
y me estimulas los sentidos,
me provocas entre suspiros.

Y te gimo desde el fondo,
y me haces volar,
y me llevas hasta lo mas profundo de ti.

Y estudias mi interior,
y te vuelves mi santuario,
y tu sudor roza el mio,
y es mi esencia, oh! mi deliciosa esencia.

Tu cuerpo, como amo tu cuerpo contra el mio,
tus respiros,
suspiros,
tu ardor.

Wednesday, December 12, 2012

Rojo Azulado

Y he pasado tantos minutos enamorada del verbo amor, y de lo caliente,
de lo indiscutible. De darte de esos besos que me dejan ciega, me arrullan el oído,
y me esconden los demonios, y los hace realidad. De esos que te hacen un animal,
y otro párrafo sin sentido, con palabras soeces y tiernas, pintadas de ese color rojo, pasión.

Y me vuelvo escombros entre tus caricias.
Y me pinto de rojo.
Y me vuelvo inculta.
Y me dejo enredar.
Y me vuelvo enorme en mi garganta.
Y me vuelvo a pintar de rojo.

Y veo aquella sonrisa, que enardece mis cuerpo,
esa picardía, ironía,
y me siento a su lado al ver y pienso,  recuerdo,
y me pongo en blanco, e inmediatamente en negro,
me transpira la envidia, la nostalgia me envuelve con regazos color azul,
y me trae flores, opacas como tus inventos, tus virtudes tan exquisitas,
tu encanto pegajoso, sólido tan penetrable.

Veo tus cejas fruncirse, me pongo en el centro de ellas
y me quiebro cómo raíces secas, y duermo en tu parla y
me acobijo con sus cantos que me envenenan, que me ofrecen cáncer.
Y tu piel se vuelve roja, y tu aliento un tanto azul.

Mis entranas se desploman cómo hojas de otoño ante tus vanidades,
trago tus miserias como azúcar,
cómo dulces desesperados por ser saboreados,
y encantar con tu paladar el mío, cómo si mi vida empezase con una palabra tuya,
que también pareces digerirla cómo depredador,
te llenas la boca de necedades y supersticiones absurdas llenas de colorete,
de ese color rojo azulado.

Y me entorpece tu ternura.
Y me vuelvo ilusa.
Y me quebranta tu sexo.
Y me vuelvo enorme en mi pecho.
Y me pinto de rojo otra vez. Rojo, tan rojo.